Postal


Cafayate – Salta

La naturaleza me envolvía con sus aromas, sus murmullos y silencios, sus colores. Ahora respiro profundamente, cierro los ojos y despliego mis alas para echarme a volar. Me remonto por sobre el lugar, el aire fresco acaricia mi rostro. Voy navegando nubes y al mirar hacia abajo no siento vértigo ni miedo. Mi motor, la libertad. Es quien mantiene abierto este par de alas que parecen frágiles como el papel pero que, a medida que asciendo, se van fortaleciendo, dándome la confianza, el coraje para seguir planeando.

En un impiadoso instante mis ojos se abren y automáticamente comienzo a caer. El aire ya no me acaricia, sino que se siente tajante en la piel. Cada vez estoy más cerca del suelo. Sin embargo, sigo sin sentir miedo. Finalmente llego al césped, que extrañamente me espera cálido y confortable. Me quedo recostada observando el cielo, aquellas nubes y ese sol que apenas unos minutos atrás sabían abrazarme. Miro a mi alrededor, la naturaleza permanecía indemne. Vuelvo a sentir los aromas, vuelvo a escuchar los murmullos, vuelvo a apreciar los silencios, vuelvo a ver los colores…

 Aquella postal me sigue invitando a soñar.  

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